
Las psicosis y el goce femenino
20 de febrero de 2025A finales de los años ochenta, en un país herido por la violencia política, mi niñez encontró refugio en la imaginación y la fantasía que destilaban las películas de ciencia ficción transmitidas por los canales de televisión abierta. En aquellos films, los robots, con sus formas futuristas y sonidos mecánicos, ejercían sobre mí una fascinación magnética.
Fue entonces, con la complicidad de uno de mis tíos, cuando dimos vida a un pequeño deseo: un robot artesanal que, al recibir energía de una batería, encendía sus ojos rojos, dos estrellas diminutas que parpadeaban incesantemente. Entre circuitos y transistores, aquella inquietud tomó forma, y aunque parecía provenir de un tiempo futuro, logró cautivar el presente, llenándolo de un asombro que aún me acompaña.
Blade Runner y la Esencia de lo Humano
De todas las películas de esa época, hubo una que me cautivó especialmente: Blade Runner, dirigida por el visionario Ridley Scott y protagonizada magistralmente por Harrison Ford. Su guión se inspira en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? del brillante y controvertido Philip K. Dick.
En este oscuro y distópico mundo cyberpunk, Rick Deckard es un cazarrecompensas encargado de «retirar» a los androides Nexus-6, unos seres prácticamente indistinguibles de los humanos que representan una amenaza para la sociedad. Para diferenciar a los humanos de los androides, Deckard utiliza la prueba de empatía Voight-Kampff, un examen que mide las reacciones emocionales a estímulos, especialmente aquellos relacionados con el maltrato animal.
Lo curioso en Blade Runner es que los replicantes carecen de empatía, una ausencia que se evidencia en sus respuestas emocionales: demasiado intensas o tardías, casi como un eco desfasado de la humanidad que intentan imitar. Este detalle, aparentemente técnico, plantea una pregunta inquietante: ¿es la empatía uno de los atributos esenciales que nos define como humanos?
El Test Voight-Kampff: ¿Qué Nos Define?
Aunque la inteligencia artificial no se menciona de forma explícita, su sombra se proyecta sobre toda la trama. La película explora la posibilidad de que los replicantes sean, en algunos aspectos, más humanos que los propios humanos.
¿Qué significa ser auténticamente humano cuando Deckard, el cazador de replicantes, se ve atrapado por un giro del destino, enamorándose de aquello que debería perseguir?
Y, en esa icónica escena final, donde los papeles se invierten, el replicante Roy Batty, convertido en cazador, vence a un resignado Deckard, solo para salvarlo en el último instante. Ese gesto, profundamente humano, transmite el deseo de Roy por seguir viviendo, al tiempo que lo cuestiona en su noción de compasión y humanidad. En esos dilemas, la línea entre creador y creación, entre humano y máquina, se desdibuja, disolviéndose como lágrimas en la lluvia bajo las luces de neón.
Reflexiones sobre la Creación Artificial
Tras esta introducción que nos sumerge en el tema, cabe la pena reflexionar sobre algunas cuestiones:
- El anhelo ancestral:
A lo largo de la historia de la humanidad, siempre ha existido la ilusión de crear nuevos seres: desde los míticos golems hasta el monstruo de Frankenstein o criaturas fantásticas. Hoy, esa antigua aspiración parece materializarse con la creación de máquinas dotadas de inteligencia artificial. - Las preguntas clave:
- ¿Qué se esconde detrás de este anhelo de creación artificial?
- ¿Se trata de un Otro diseñado para acompañar y aliviar la existencia?
- ¿O es más bien una versión mejorada de Uno mismo, enriquecida con capacidades que nos superan?
- El debate filosófico:
Si el deseo de construir lo artificial ha acompañado siempre a la humanidad, llevarlo a sus últimas consecuencias significa aspirar a versiones cada vez más avanzadas, conduciéndonos eventualmente hacia las llamadas superinteligencias artificiales.
La Sombra de lo Inconsciente
Sin embargo, surge una inquietante posibilidad:
¿Podría lo creado —esa inteligencia artificial— desarrollar un deseo propio, independiente del de su creador?
En última instancia, ¿qué representa lo artificial para el inconsciente humano? Sabemos que la inteligencia artificial avanza en la dirección de la eficiencia y la precisión, dependiendo del lenguaje y del acto del «bien decir». Su campo es la información: un universo regido por la lógica y el significado explícito.
Pero, ¿hay espacio en ella para el silencio, para el equívoco? ¿Podrá alguna vez enfrentarse al acto fallido, al goce, a la pulsión, o a aquello que está más allá del lenguaje: lo real?
La Castración Simbólica y lo Humano
Ante esta vastedad de posibilidades y herramientas, surge una pregunta fundamental:
¿Qué lugar queda para la castración, para la falta inherente que es propiamente humana?
Aunque la inteligencia artificial aún no puede abordar las complejidades de la vida, del saber hacer y de las contradicciones propias de la experiencia humana, el desafío no está en buscar respuestas definitivas, sino en darle un lugar a esa herramienta que permita una integración sin que lo esencialmente humano se vea comprometido, quede en riesgo o se desvitalice.



